Condena de la poligamia

¿Os habéis enterado de la última que ha montado la vicepresidenta Fernández de la Vega en África?

Hace dos años fue cuando se puso a bailar con las mujeres de Mozambique o de Kenia, no recuerdo, vestida con sus mismos trajes y todo quedaba muy bonito, muy cool. Ahora está en Níger y se ha sacado una foto con el socio, y sus tres esposas, de un señor valenciano que se dedica al negocio de la chufa; y dice que se encuentra “horrorizada”, se pensaba que las esposas eran hijas de este señor.

Yo sería capaz de entender que se sorprendiera. Pero que se horrorice… no señor, eso no lo entiendo. Tampoco lo debe entender Enric González, quien le da otro nombre en su columna en El País, el de machismo (por entender que se han juntando abuso, manipulación e hipocresía). Pero no quiero hoy decir que esta ha sido una más de las muestras de progresía de uno de los miembros del gobierno de Rodríguez Zapatero, que aunque sea verdad queda feo si lo digo y precioso en boca de Julio Anguita. Prefiero pensar que nuestra vicepresidenta desconoce que Níger es un país de mayoría musulmana y que el Corán permite la poligamia, una forma de matrimonio que muchas personas viven con normalidad porque es parte de su cultura, de su religión (que condiciona mucho más a la persona que no la cultura, todo hay que decirlo). Y que si conocía esta situación, es perfectamente capaz de entender que aquí, en España, haya gente que se “horrorice” con algunos tipos de matrimonios legales o al menos no esté de acuerdo con ellos.

No creo que haga falta decir que ni estoy justificando la poligamia ni condenando los matrimonios entre personas que no sean del mismo sexo, ¿verdad? No es esa mi postura ni frente a la una ni frente al otro.

Desconozco si la señora Fernández de la Vega es cristiana. Es que yo sí. Así es que, tal como me enseñaron hace muchos años ya, voy a emitir mi juicio (entendido como opinión) a la vista de este “episodio”.

Jesús no condenaba. Ni a los adúlteros, ni a las prostitutas, ni los ladrones, ni a los asesinos. Tampoco los polígamos. Y nada parece indicar que estuviera de acuerdo con ellos. Simplemente les comprendía. Como era capaz de comprender todos los sentimientos humanos. Y porque les comprendía, les amaba. Y porque les amaba, no condenaba.

Nuestra postura debe ser la de ponerse en el lugar del otro, intentar comprenderlo, hacer un esfuerzo para comprenderlo. Solo así es cuando, aunque no estemos de acuerdo con el otro, no emitiremos un juicio condenándolo. Y comprendiéndolo, al descubrir sus “miserias” y sus problemas, sus ilusiones y su lucha por conseguirlas, es que podemos empezar a amar al otro.

Así de difícil.

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